EL SALMO DEL QUEBRANTO: CUANDO EL OCÉANO NO ALCANZA PARA DOS.

Tantos inviernos bajo el mismo frío,  
y ni un sol compartido.  
Dos relojes descompuestos  
dando la hora en distinto latido.

Él sembraba en cemento.  
Yo regaba en el viento.  
Él contaba las faltas.  
Yo tejía los intentos.

La puerta ya tenía cerrojo  
y el adiós, apellido.  
Cuando el destino, irónico,  
nos hizo seña de nido.

¿Se zurce con un hijo  
la tela del abismo?  
¿Se salva con la sangre  
lo que mató el egoísmo?

Hubo que empacar la ruina,  
vestir de fe la deuda.  
Cambiamos hambre por frío,  
patria por vereda.

Él abjuró del océano.  
Yo temí la pared.  
Y en la barca del miedo  
nos parió el tercer ser.

Fui norte, fui quilla,  
fui escudo, fui pan.  
Él fue grillete y queja,  
huracán en el desván.

Esta tierra nos prestó muros,  
nos negó la raíz.  
Porque hogar es quien abraza,  
y aquí solo hay cicatriz.

Hoy señala mi brújula  
y me nombra el quebranto:  
"Naufragamos", susurra,  
con la voz del espanto.

Deshabita los días,  
me factura los años.

Y en mitad de los escombros  
anda un sol sin cuaderno.  
No pidió la tormenta,  
ni el hielo, ni el invierno.

Somos tres continentes  
a la deriva en mar muerto:  
Su isla: de reproche.  
La mía: de sostén.  
La del niño: un silencio  
preguntando por quién.

Y hay una luz que no entiende  
de mapas ni de rencor:  
su risa nos invade,  
nos parte en dos el sol.

Es dicha sin banderas  
la que nos viene a habitar.  
Pero somos dos desiertos  
incapaces de mediar.

Coincidimos en el hijo,  
divergimos en el pan.  
Y el amor que nos convoca  
no nos sabe perdonar.

Nos busca a los dos en sus días  
para tejer su equilibrio.  
Mas por tanta querella y distancia  
hereda el desequilibrio.

No hay verdugos. Hay náufragos.  
No hay culpa. Hay sed.  
De que alguien nos traduzca  
el idioma de no morder.

Cruzamos un Atlántico  
para entender al fin:  
que el destierro más bravo  
es vivir sin elegir.

Que la familia no es casa,  
ni es sangre, ni es ley.  
Es quien te pasa el remo  
cuando te vas a perder.

Y le rezo a la vida, 
con la voz en carbón:
que al hijo de la grieta  
no le hereden prisión.

Que aprenda que quedarse 
no siempre es bendición.
Que a veces irse entero 
es la única redención.



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