ESTE PECHO ES ALTAR ✨

Muy joven, inconforme con el nido,  
entregué el pecho a la promesa.  
Juraron jardines en la herida,  
y la cosecha fue la maleza.

Quedó la duda sembrada  
en tierra que no elegí:  
si este campo remendado  
sabría volver a fluir.

Cuando la vida creció dentro,  
regresó el viejo temblor:  
¿daría cauce esta orilla  
zurcida sin compasión?

Nació el niño y el mundo  
me habló con voz de metal:  
aunque temblara el pulso,  
"ponlo al pecho", sin más ritual.

"Al pecho", fue el mandato  
mientras yo era puro espanto.  
Y entre el miedo y la orden  
se me quebró el llanto.

Después, en el camino,  
llegó el coro del desdén.  
Juzgaban el vínculo  
como si amamantar fuera retén.

Pero el niño no entendía  
de remiendos ni de horror.  
Llegó con hambre de vida,  
no de juicio, no de honor.

Y en la primera gota  
se me rompió la pared:  
no era yo quien lo salvaba,  
era él quien me vino a ver.

De la grieta salió el río.  
Del espino, el rosal.  
Y este pecho enmendado  
hoy es fuente y es altar.

La sorpresa fue la dicha  
que no cabe en el papel:  
la leche cruzó la herida  
como un milagro fiel.

Le di amparo en la trinchera,  
entre cajas, sin hogar.  
Y en el ruido del desahucio  
aprendimos a cantar.

Él libaba mi miedo,  
yo bebía su perdón.  
Y en el trueque más sagrado  
nos curamos el corazón.

Porque en cada alba tibia  
le entregaba sin medir:  
escudos para su sangre,  
luz para su porvenir.  

Le di el sueño acompañado,  
el pulso bajo su sien.  
Le di un mapa de latidos  
para cuando dude de quién es.  

Le di la calma en gotas  
que no se compra ni se alquila.  
Le di memoria de refugio  
en su médula, en su arcilla.  

Y él, sin saber de palabras, 
me enseñó a conspirar: 
me devolvió el orgullo 
con cada gota al tragar. 

Me nombró capitana  
de este barco sin timón.  
Me cosió las medallas  
con su mano en mi corazón. 

Juntos fuimos equipo 
contra el juicio sin piedad.  
Él, con su hambre sin prisa. 
Yo, con mi fe sin edad.  

Y a los de mirada gris,  
a los de boca con hiel,  
les cerramos el pasillo  
con un sorbo de laurel.  

Que me llamen lo que quieran:  
vasija, ruina, temblor.  
Este cuerpo ya no es campo  
de una ajena condición.

Es refugio, es trinchera,  
es la quilla y es la mar.  
Es el pan que no se cobra  
y que nadie va a juzgar.

No me dio la sociedad  
este diploma en la piel.  
Me lo dio la madrugada,  
el cansancio, el hambre de él.

Y si alguna madre rota  
lee esto con su pesar:  
hermana, no hay seno indigno  
cuando se vuelve hogar.

Que le digan a la vida,  
con mi voz de agua y sal:  
que de toda cicatriz 
puede brotar un rosal.

Que no hay manantial que no alcance 
cuando el amor es caudal. 
Que a veces la redención 
tiene sabor a mamá.



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