LA FATIGA SIN OVILLO 🧶

Antes creía que cansarse  
era solo del cuerpo lento.  
Dormir dos horas, levantarse,  
y seguir como si el viento  
no pesara en los zapatos  
ni en la aguja del aliento.  
No sabía que hay cansancios  
que no entienden de asiento.
 
Hay un cansancio sin nombre  
que no anuncian los carteles.  
No es de músculo ni trote:  
es de sostener bajeles  
con la boca y con la espalda,  
mientras zurces los manteles  
del mundo y de su hambre  
con la aguja de tus pieles.  

Es dar teta al universo  
y quedarte sin un trago  
para humedecer la seda  
del pañuelo en tu regazo.  
Es oír “qué bien lo llevas”  
cuando por dentro hay sargazo  
anudándote la lengua  
y oxidándote el abrazo.  

Me aplauden el pespunte  
cuando el ruedo sale ileso.  
No ven la noche en los hombros,  
el alfiler del progreso  
clavado entre las costillas,  
ni el temblor bajo el embeleso.  
No ven a la niña antigua  
pidiendo un hilo al suceso  
para coserse por dentro  
donde nadie pone precio.  

A veces soy la rueca  
sin pedal de despedida.  
Coso, crío, curo, firmo,  
y se me olvida la herida:  
que también soy porcelana  
si no esmalto la caída.  

Me criaron con el credo  
de la santa que no cena  
pero borda mantelería  
para bocas que no llenan.  
Hoy deshilacho ese dogma  
con la hebra que me entrena:  
si yo caigo no hay leyenda,  
solo un cuarto sin verbena.  

Descansar no es anatema.  
Es zurcir el propio esquema.  
Es decirle al torbellino:  
“detente, que soy camino,  
no alfombra de tu destino”.  

No mendigo que me entiendas.  
Te pido que no me tiendas  
la culpa como encomienda.  

Si me tumbo en la ladera  
diez minutos con mi perro,  
no se agrieta la galaxia  
ni se para el semillero.  
Si me callo y no respondo,  
sigue latiendo el venero.  

Por eso paro y me nombro.  
Por eso suelto el asombro.  
Para que cuando me alumbre  
no me encuentre hecha alambre  
a un suspiro del desgarro.  
Quiero ser faro con faro,  
no la vela que se inmola  
hasta quedarse sin aro.  

La fatiga que no duerme  
se deshila si la nombras.  
Aquí la dejo, sin sierpe,  
para que otra la recobre  
y la tienda en su balcón  
como una prenda sin nombre  
que por fin prueba el sol.



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