LAS CINCO EN PUNTO
Llegan cuando el reloj da el sol
sin golpear, sin caracol,
con rayuela dibujada
en la piel de la jornada.
Traen tierra entre los dedos,
y deshacen los enredos
que el adulto hiló con miedos.
Caen escudos, caen credos.
Caen credos sobre el piso
y la risa pisa liso
el tapete del permiso
que negábamos sin viso.
Sin aviso, un sol de tiza
nos dibuja otra cornisa:
ya no hay muro, hay repisa
para el bote que desliza.
Desliza el juicio al charco
y lo vuelve barco, arco
de cometa sin encargo.
Todo “debo” suena largo
cuando el juego marca el ritmo.
Ritmo blando, sin algoritmo,
donde el barro es legitimado
y el silencio, coloreado.
Coloreado por canicas
que desbancan las estadísticas
del deber. Las risas críticas
vuelven cuento las políticas
del “no toques”, del “no saltes”.
Saltas, caes, no te esmaltes
con orgullo. Que te asalte
el asombro. Que te falte
la coraza. Que te baste
ser pregunta entre contrastes.
Entre contrastes amanece
quien se sienta y quien ofrece
sus rodillas al camino.
El destino, ves, decrece
cuando el niño lo estremece
con su mano sin espino.
Sin espino nos enseña
que no quitan, que reseñan
lo que fuimos: sin enseña
de batalla, sin reseña
de fractura. En su mirada
la armadura está olvidada,
y el alma, desenterrada,
se recuerda iluminada.
Iluminada se comprende
que crecer no es lo que asciende,
es bajar hasta el duende
que en su horario nos enciende.
Nos enciende la certeza:
para honrar nuestra grandeza
hay que entrar con ligereza
a su patio, a su simpleza.
Simpleza que desmonta
toda cuenta, toda impronta
del adulto que remonta
vuelos grises. Nos confronta
con espejos sin afrenta:
somos niños… si hay tormenta
de colores. Y revienta
la armadura, polvorienta,
cuando el juego nos sustenta.
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