VEINTE INVIERNOS DE LEALTAD

Hay amores que no entienden de aduanas ni de mapas,  
que respiran a tu lado y te curan con sus patas.  
Llegó como un regalo de diciembre, diminuto,  
y fue cátedra de vida con el rabo en absoluto.  

Primero fue de otras manos, fue risa de otro techo,  
compartió su sol y abrigo con un alma de su pecho.  
Cuando el puente la llamó, él se hizo muro y trinchera,  
guardó la casa vacía con su sombra de bandera.  

Pasó a nuevos brazos luego, custodió otras raíces,  
hasta que el viento cambió y le movieron los países.  
Cayó en mi regazo manso sin facturas ni reproches,  
y me enseñó que la patria son dos ojos en las noches.  

Antes que el cristal dijera que nacía un nuevo canto,  
él ya velaba mi vientre como escudo sacrosanto.  
Yo ignoraba que en mi adentro germinaba la alborada,  
y él ya era vigía y nana, centinela de la nada.  

Mas la vida no consulta cuando pide travesías,  
me empujó a cruzar océanos buscando pan y días.  
Lo dejé en manos probas que le acunan el ocaso,  
hoy me cuentan que sus ojos ya no encuentran ni el paso.  

Nos dicen que la sangre dicta quién te pertenece,  
mas yo aprendí que es linaje quien te lame y te mece.  
Que hay cielos que caminan a ras de la maleza  
y ladran luz bajita cuando el mundo es aspereza.

No sé si la fortuna nos conceda otro segundo  
antes de que emprendas solo la ruta hacia lo profundo.  
Mas si llego tarde y cruzas sin mi mano ese sendero,  
lleva esto en tu collar de estrellas: “Fuiste el primero”.  

Descansa cuando elijas, ya probaste tu teorema:  
la lealtad no se mide en años ni en condena.  
Veinte inviernos de patitas me alcanzaron para verte  
y entender que a veces Dios nos ladra para quererte.  

Que el mundo lea esto y sepa de tu andanza:  
los ángeles terrenales van en cuatro patas, mansa.  
Y tú, Puchi diminuto, fuiste mi epopeya entera,  
mi país sin coordenadas, mi verdad más verdadera.  

Te nombro y te rescato del olvido y de la bruma.  
Mientras un verso te nombre, tu huella no se esfuma.  
Descansa, mi valiente. Yo te lloro y te venero:  
fuiste el amor más redondo que me cupo en un “te quiero".

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