VENDÍ EL SILENCIO Y COMPRÉ EL ECO
Yo vendía silencio en frasco pequeño,
sublime, sin nombre, sin precio, sin dueño.
Tras la cámara era mano que cose,
profesional sombra que al otro compone.
Me dijeron un día, con voz que desarma:
“No sabes venderte, te falta la alarma”.
Y era cierto, mi amor, porque vender es mostrar,
y yo era de aquellas que aprenden a callar.
Hay quien te descubre sin grito ni escena,
te huele la herida, te sabe la pena.
Llega sin ruido, te pide la mano,
te elige en secreto, te nombra “hermano”.
Hay quien necesita vitrina y cartel,
aunque el alma le pongas en plato y mantel.
Quiere neón, quiere prueba, quiere ruido,
y tú, que eras rezo, aprendes sonido.
Y suenas. Y vendes. Y sales de atrás.
Te enamoras del faro que empiezas a alzar.
Y al mostrarte, mi vida, se llena la sala…
pero el palco de antes se queda sin ala.
Aquel que tenía reserva en mi pecho,
ya no oye mi verso: lo tapa el acecho
de espectadores nuevos, de brillo, de espuma,
y él queda en la fila, tragando la bruma.
Y aquí va la verdad sin cartel que la anuncie:
si al encenderte perdiste a quien te amaba a oscuras,
no apagaste tu luz: cambiaste de locuras.
Vender no es venderse, es negarse al naufragio,
es cobrar por la ruta que te sacó del agravio.
Perdón por tardar en cobrar por sanar,
perdón si mi luz te dejó de alumbrar.
Pero el silencio no paga la cena,
y yo ya me cansé de sangrar por la pena.
Ni muda total, ni grito que aturde:
alumbra con pausa, que el eco no aburre.
Guarda un asiento para el que llegó en calma,
pero abre la puerta a quien cure su alma.
No eres cartel ni eres secreto:
eres faro. Y el faro, si es cierto,
salva al de antes, al de ahora, al de luego…
sin pedirle permiso al miedo ni al ego.
De una Farera que cambió el “gratis” por “gracias”,
y descubrió que el eco también abraza.
Si te dolió, es tuyo. Si te alumbró, compártelo. Las Fareras no regalamos el naufragio.
vendí el silencio y compré el eco
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